Miner Willy no descansa
Veinte cavernas y ninguna prevención de riesgos
Miner Willy descubre bajo Surbiton una mina abandonada por una civilización avanzadísima y, como cualquier currante sensato, decide meterse dentro a recoger sus tesoros. Para salir tendrá que cruzar veinte cavernas consecutivas, cada una con su propio convenio de trampas absurdas.
Guardianes de movimiento milimétrico, cintas transportadoras, plataformas que se deshacen y plantas con ganas de bronca convierten cada pantalla en un mecanismo de relojería. El aire se agota mientras juegas, porque sufrir sin cronómetro habría sido demasiado moderno.

Salta, Willy, salta
El plataformas que nos enseñó a sufrir
Antes de puntos de control, tutoriales y guardado automático estaba Manic Miner: calculabas el salto, respirabas, pulsabas y acababas besando una planta venenosa con forma de teléfono.
Este diorama es nostalgia concentrada para cualquiera que todavía recuerde la música, el medidor de aire y la humillación pública de morir en la primera caverna.
En cada caverna hay que recoger todos los objetos que parpadean antes de vaciar el aire. Solo entonces se activa el portal de salida, al que todavía toca llegar sin rozar enemigos ni aterrizar desde demasiada altura. Repite la ceremonia veinte veces y Willy podrá volver a casa; fácil de explicar, criminalmente difícil de ejecutar.












