Ora et juega
El monasterio que nos puso firmes
Guillermo de Occam y su novicio Adso llegan a la abadía para encontrarse con el inquisidor Bernardo Gui, pero una cadena de muertes bastante poco cristiana les cambia la agenda. Tienen siete días para descubrir qué ocurre entre aquellos muros mientras los monjes continúan con sus rutinas como si el asesino fuese otro asunto pendiente del convento.
Cada campanada empuja la historia hacia delante: aparece un nuevo cadáver, desaparece una llave o algún monje empieza a comportarse como si ocultara algo más gordo que una cinta pirata. El jugador debe observar esos movimientos, seguir a los sospechosos y aprenderse la abadía mientras el reloj insiste en mandarlo a rezar. Sherlock Holmes con hábito, horario escolar y solo 128K para resolver el marrón.

Guillermo y Adso
El nombre de la rosa, pero con vidas
Inspirado libremente en la novela de Umberto Eco, el juego nos soltaba en una abadía llena de secretos, rutinas y personajes que parecían saber siempre que estabas haciendo el cafre.
Una pieza para quienes reconocen un suelo isométrico a veinte metros y saben que la verdadera investigación empezaba cuando ignorabas por completo a Adso.
Resolverlo exigía obedecer las horas canónicas, sentarse donde tocaba en misa y en el refectorio y conservar el obsequium mientras aprovechabas la noche para hacer justo todo lo prohibido. Había que reunir llaves, lámpara, guantes y pergamino, internarse en el laberinto de la biblioteca, recuperar las gafas y abrir el espejo secreto antes de enfrentarse a Jorge y al libro envenenado. Vamos, una semana relajada de retiro espiritual.












